Pro Roma Mariana

Fátima e a Paixão da Igreja

I . EL TESTAMENTO DE FÁTIMA: ÚLTIMO RECURSO

  00000001MAYO 1987

Arai Daniele

La reunión de los “representantes de las grandes religiones del mundo”, convocados en Asís por Juan Pablo II para rezar por la paz, fue el espectáculo, televisado en toda la Tierra del congraciamiento de la Fresia conciliar con las creencias, las logias: las sinagogas y las idolatrías que celebran a los dioses y a los hombres en el Panteón del mundo.

Al acto abominable, que parece haber contado con un consenso general de la Jerarquía y el agrado indiferenciado de un público indefinible, se puede aplicar el lamento del profeta Jeremías sobre la decadencia y corrupción de la Jerusalén antigua: “Cosas espantosas y extrañas sucedieron en esta tierra: los profetas profetizaban la mentira Y los, sacerdotes aplaudían con sus manos; y mi pueblo amó esas cosas. ¿Que castigo no vendrá sobre esta gente al fin de todo esto?”

La gravedad del hecho presente, sin embargo, no puede encontrar un equivalente en el Antiguo Testamento porque aconteció después de la venida de Nuestro Señor, en el recinto de su Iglesia y promovido por Su Vicario. Es un acto extremo en la Historia que, ciertamente, así estaba profetizado. Es la abominación de la desolación puesta en el Lugar Santo de que habló Jesús. Es el culto del hombre y la Apostasía general descrita a los Tesalonicenses.

Nuestra generación entera está envuelta en lo que fue apenas el espectáculo público de un largo y devastante terremoto espiritual que, desde hace mucho, Viene destruyendo a nuestra Iglesia. La acumulación de errores y ofensas humanas contra Dios en los últimos siglos fue visible a través de sus resultados en guerras y revoluciones, pero sólo ahora es visible también a través de la destrucción de la Viña espiritual, de la “Religio depopulata”.

Jamás fue tan evidente el estado lamentable del hombre decaído como en este siglo, en que pretendió extender su dominio hasta en el espacio cósmico con la soberbia que no entiende ni siquiera el alcance de sus delitos que, ciertamente, no puede reparar. Pero algo podemos hacer. Podemos reconocer la infinita gloria de Dios, cuya Misericordia también en este siglo nos dio una Señal extraordinaria que quedó ignorada. ¿Que consecuencia puede venir de esta omisión?

Debemos entonces reparar y hacer penitencia con todo nuestro corazón, comenzando por un examen de conciencia hecho con toda nuestra mente. Y tratándose de cuestiones que envuelven a la humanidad entera, debemos recurrir al conocimiento histórico, con la certeza moral de que así como en todas las épocas los pueblos recibieron avisos y señales celestes que los ayudaron, nosotros también los recibimos.

No sólo esto, sino que como los avisos deben ser proporcionales a los peligros, nuestra generación recibió señales incomparables.

Si somos incapaces de reconocer esas señales dadas para la preservación de la Fe, la carencia no está ciertamente en ellas sino en nuestra fe miope y anémica. De cualquier modo, siendo los designios divinos inmutables, seremos valorados, temprano o tarde, en función de la ayuda recibida.

Veamos entonces rápidamente cómo ésta fue dada desde hace tres siglos, esto es, desde un siglo antes que estallase la Revolución Francesa, para llegar al “Signum Magnum” presente, que todavía espera la atención de nuestra fe.

En 1689, el rey de Francia Luis XIV, en el auge de su poder, recibió a través de su confesor, P. La Chaise S. J. (o de la princesa María Beatriz d’Este), un pedido transmitido por el Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María Alacoque, para que Le consagrase su Reino sobre el cual descendería la protección celeste.

En aquellos mismos años, Dios suscitaba la vocación sacerdotal de un joven que seria uno de los mayores apóstoles franceses del yugo suave a Nuestro Señor, en contraposición a la liberación de cuño filosófico y anticatólico que se esparcía por el país. En la contemplación de la Cruz y en la devoción a Nuestra Señora, S. Luis Grignion de Montfort fue un precursor y profeta de la intervención final de María Santísima para la salvación de la Iglesia.

Pues bien, Luis XIV, aunque heredero de una tradicional devoción católica, a la cual es atribuida la gracia de su nacimiento, no correspondió al pedido divino y, exactamente cien años después, en 1789, la Revolución despojaba de sus poderes a la monarquía de los Borbones.

Luis XVI y familia intentaban hacer en la prisión la consagración pedida, pero era tarde, las cabezas reales cayeron como la cruz grande del Calvario de Pont-chateau que S. Luis María había levantado con los campesinos, pero que Luis XIV mandó demoler. La única resistencia real contra la Revolución vino de aquellos campesinos de la Vendée donde el gran Santo de la devoción a la Santísima Virgen había evangelizado.

Al recordar estos hechos en nuestro siglo, fue Nuestro Señor diciendo a la Hermana Lucía, la vidente de Fátima: “Haz saber a Mis ministros que como ellos sigan el ejemplo del Rey de Francia en retardar la ejecución de Mi pedido, ellos lo seguirán en la desgracia. Nunca será tarde por demás para recurrir a Jesús y a María.” La referencia era al pedido de consagración de Rusia hecho a través de Nuestra Señora de Fátima, ya no a los reyes sino a los papas. Pero veamos la evolución histórica de esa “escalada”.

La victoria de la Revolución sobre la Francia católica produjo el caos del terror y a éste sucedió, naturalmente, un gran dictador. Y fue así que, a través de Napoleón, los “ideales revolucionarios” fueron de frente, triunfalmente por el mundo, hasta que las imposiciones liberales encontraron la resistencia de un orden social abatido, pero todavía capaz de defenderse. La Francia volvió entonces a los Borbones con Luis XVIII, seguido de su hermano Carlos X. Con ellos volvía la obra de colonización centrada sobre las misiones católicas, contraria a cualquier revolución. Pero el mundo estaba minado.

En la noche entre los días 18 y 19 de julio de 1830, la joven religiosa Catalina Labouré, que se volvió santa conociendo poco del mundo y de la po1itica, VIO en la Capilla de la “Rue du Bac”, a Nuestra Señora que, con los OJOS llenos de lágrimas, profetizó grandes desgracias que estaban por descender sobre el mundo.

Días después, el 30 de julio, una nueva revolución llevaba al poder. Luis Felipe, duque de Orleáns, que, aunque religiosamente fuese un escéptico, seria conducido por los poderes que lo condicionaban a hacer una política siempre más hostil a la Iglesia y a su acción misional y evangelizadora. No era más la revolución abierta y frontal sino una larga y sutil demolición de las bases católicas de Europa. La Jerarquía y el Clero, ayudados por los extraordinarios milagros de la Medalla de Nuestra Señora, resistían, aunque diezmados e infiltrados por las nuevas ideas.

El día 19 de septiembre de 1846, en la deshabitada montaña de La Salette, dos pastorcitos que apenas conocían el dialecto local ven y oyen a la Señora que llora. Reciben un gran Mensaje sobre los peligros que amenazan a Francia y al mundo, con el pedido de que lo hicieran pasar a todo Su Pueblo, y revelar el Secreto en 1858.

Era la víspera de acontecimientos históricos que condicionarían las épocas futuras, como ser la publicación del manifiesto de Karl Marx y las revoluciones europeas de 1848, que transformarían la vida de las naciones, de casi todo el mundo. Nuestra Señora, avisaba contra el poder masónico que, a través de Napoleón III, iría a desencadenar un ataque directo contra Roma católica, preludio de una abertura apocalíptica.

Quien lee el Mensaje de La Salette, cuya mensajera fue perseguida continuamente y murió exiliada en Italia, encontrará allí el aviso del comienzo de las profecías de San Juan, cuando habla de la abertura del pozo del abismo. El Mensaje conmovió al Papa Pío IX y a su sucesor León XIII, que hospedaron a Melania en Roma para que escribiese los pormenores de la Orden de los Apóstoles de los últimos tiempos dictados por Nuestra Señora.

La ayuda maternal fue acogida, sin embargo, de modo muy limitado. Se puede imaginar qué victoria habría sido para la Religión católica si durante las Apariciones y milagros de Lourdes el fervor católico hubiese sido dirigido, por la Jerarquía y Clero, a la oración y penitencia para reparar a Dios y evitar los males profetizados en La Salette, que Nuestra Señora pedía fuese conocida en aquel mismo año de 1858. Pero el proyecto de muchos obispos y padres era diverso. Aquel mensaje ofendía la frialdad religiosa de tantos y la vidente Melania fue enclaustrada en Inglaterra para asegurar mejor su silencio.

Y he aquí que Roma católica fue duramente atacada durante el Concilio Vaticano I, por dentro y por fuera. Los masones promovían anti-concilios en el campo de las ideas y la toma de Roma en el campo militar. El Papa volviose un prisionero en su Palacio. Lo que había sido profetizado para la historia de los pueblos había acontecido, pero lo que había sido profetizado para la Iglesia acontecía sólo en el plano material, como ser un ataque externo. Pío IX exigía barreras doctrinales sólidas contra los errores del mundo, así como el Papa León XIII que lo sucedió y que tuvo la visión del ataque demoníaco a la Iglesia, razón por la que estableció que fuesen acrecentadas oraciones y exorcismos después de las misas.

La Misericordia divina se manifestó después de la muerte de este Papa suscitando al mundo, a través de la Iglesia, a un santo Pastor que no se cansó de predicar la verdadera paz que consiste en instaurar todo en Cristo. Pero el odio revolucionario que tramara la destrucción de todo poder católico todavía precisaba desmembrar a Austria. Un mundo sordo a los llamados de S. Pío X marchó entonces para la terrible 1ª Gran Guerra.

El Papa santo murió en vísperas de ese horrendo conflicto que marcaría el principio del fin de la Civilización cristiana que llevara al mundo toda la Ley revelada.

El año crucial: 1917

Entre las principales maquinaciones actuales, laicas o eclesiásticas, para socavar el sentido cristiano de la historia humana está la difusión de la idea de que las eventuales señales celestes (hasta que no encuentren otra explicación) sean todas más o menos iguales y fortuitas. Así serían, por ejemplo, las Apariciones marianas, de las cuales mencionamos las principales, ampliamente reconocidas por la Iglesia.

Como se vio a través de los sucesos históricos, justamente lo contrario es verdadero. A los pedidos del Sagrado Corazón de Jesús que quedaron sin atender, dando libre curso a los proyectos revolucionarios, sucedieron se en la escalada de los sucesos anticristianos las intervenciones proféticas y taumatúrgicas de la Virgen Inmaculada. Que éstas estaban en los designios de Dios desde el Génesis nos lo demuestran las Escrituras y la Tradición, además de la constante recordación venida por boca de los Santos, de entre los cuales S. Luis María.

La visión de María Santísima, más terrible para el Demonio y sus secuaces que un poderoso ejército equipado para la guerra, se fue develando a los cristianos, siempre más abatidos y asediados, en una secuencia perfectamente ordenada hasta el acontecimiento de Fátima.

Por el conocimiento de la historia podemos verificar esto. No solamente esto, sino que en la profundidad de los mensajes y de sus avisos podemos entender mejor la Historia.

Después de habernos visto cómo, en el curso de los acontecimientos mundiales, por haber los hombres ignorado los llamados en nombre de la Verdad y de la Justicia, se llegó a un conflicto enorme y sin salida, precisamos entender cada detalle de la Aparición de Fátima, que nada tiene de fortuita, siendo suscitada por Quien es la Causa de las causas.

Esto puede ser hecho a la luz de la historia reciente, observando la importancia del año 1917 en que Nuestra Señora apareció y habló para preparar acontecimientos insuperables por la importancia escatológica.

Y debe ser hecho en el reconocimiento de la causa próxima de esa intervención celeste, que pasa siempre por la Sede de intervención permanente: la Iglesia.

En la primavera de 1917, la Gran Guerra, que ya había cobrado millones de muertos, parecía no tener fin, tan lejos estaban los hombres de solucionar sus problemas. Sucedió entonces que el Papa Benedicto XV fue llevado a pedir pública y universalmente la intervención celeste a través de María, dando instrucciones a su Secretario de Estado a fin de que todos los Obispos del mundo hiciesen añadir a una de las más frecuentes oraciones de los fieles, la Letanía lauretana, la imprecación – Regina Pacis, ora pro nobis-.

Esa carta es del día 5 de mayo de 1917.

Día 13 de mayo, ocho días después, la Reina de la Paz se aparece a tres pastorcitos, en Fátima, para traer un gran Mensaje conteniendo la causa de las guerras y los medios necesarios para evitarlas, tanto como los males crecientes que estaban por desencadenarse en el mundo.

Eran los pedidos y las promesas del Inmaculado Corazón de María que, debido al enfriamiento de la fe y de la caridad en la Iglesia, quedarían hasta hoy olvidados.

El Papa había pedido la ayuda celeste y recibió una pronta respuesta, en mayo de 1917, a través de las Apariciones que se repitieron, por seis veces, hasta el 13 de octubre de 1917, cuando el extraordinario milagro del sol, hecho -para que todos diesen fe – delante de millares de personas, mostró el sello divino del Acontecimiento de Fátima.

Para quien precisase de un sello histórico, helo aquí: días después la Revolución bolchevique tomaba el poder en Rusia, condicionando desde entonces la vida social del mundo.

Esa estrecha sucesión de fechas ya podría bastar para mostrar al Acontecimiento de Fátima como la mayor señal profética de la Era cristiana, después de los tiempos apostólicos. Pero aquella fecha fue crucial para otros diversos acontecimientos. La Masonería había conseguido tal poder que sus adeptos fueron a desafiar a la Iglesia en la propia Plaza de S. Pedro, con un pequeño paseo que exaltaba a Satán reivindicándole el trono papal, en el aniversario de Giordano Bruno.

Se formaba la Sociedad de las Naciones, basada sobre los derechos humanos masónicos.

Se daba la señal verde para la formación del Estado de Israel con la Declaración del ministro inglés Balfour, evocando en esto el fin del tiempo de las naciones, conforme a S. Lucas (21, 24).

(Continua)

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