Pro Roma Mariana

Fátima e a Paixão da Igreja

EL TERCER SECRETO DE FATIMA Y LA HISTORIA

00000001 (1)Agosto de 1987

Arai Daniele

Nesta data, 20 de fevereiro, em que se comemora a morte da Jacinta Marto em 1920, criatura de santidade extraordinária para a sua tenra idade, queremos continuar a divulgação da Mensagem de Nossa Senhora de Fátima. Diante do apelo maternal, a menina não poupou sacrifícios para a salvação dos pobres pecadores, vítimas dos desvios revolucionários deste mundo que faz perder tantas almas. Morreu só, apenas com 10 anos de idade, no Hospital Santa Estefânia de Lisbôa, que assinala o quarto, para a devoção dos que reconhecem a elevação espiritual da menina santa.

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EL TERCER SECRETO DE FATIMA Y LA HISTORIA

La cuestión es saber: ¿conviene a los fieles conocer la tercera parte del Mensaje de Fátima que debería haber sido revelada desde 1960, pero quedó oculta en el Vaticano? Y en este caso, visto que los papas conciliares no parecen con intención de hacerla pública ¿hay modo de deducir su contenido y sacar provecho espiritual de esto?
Las respuestas a estas preguntas son afirmativas por las siguientes razones: el Mensaje de Fátima fue dado para el bien de todos los fieles que deben reconocer sus palabras de avisos, promesas y pedidos.
También la tercera parte tiene este aspecto profético, como certificó el Cardenal Ottaviani que lo leyó. El hecho de que la Providencia hizo que todos supieran que el Pontífice la mantenía en secreto tiene un significado especial que merece toda nuestra atención y vigilancia fiel.
El católico no puede temer usar de la inteligencia en cuestiones de Fe. Esta es una virtud teologal inestimable que abarca las virtudes naturales pero no exime de éstas, dadas para defender y cultivar la vida terrestre, qué decir de la celeste! Ahora bien, la razón se mueve espontáneamente en la dirección del conocimiento de la verdad y esto aumenta la posibilidad de actuar rectamente. Por esto, instruir a las almas es un grave deber, especialmente si esta instrucción viene de María, “Sedes sapientiae”. Su Mensaje es tan alto que, aun cuando los hombres de la Iglesia lo omitan o se nieguen a transmitirlo, hay elementos suficientes para deducir su precioso contenido.
Para conocer entonces el tercer secreto de Fátima, en su profecía esencial, se debe aplicar la inteligencia guiada por la Fe, observando todas las razones y circunstancias que envuelven su redacción, su contexto y, especialmente, su ocultamiento.

En este sentido, tenemos el lúcido análisis de Fr. Michel de la Sainte Trinité que, contenido en el tercer libro de la serie “Toute la vérité sur Fatima” (Renaissance catholique, 10260 Saint Parres, les-Vaudes, Francia), fue sintetizado en la conferencia sobre Fátima organizada en Roma el día 24 de noviembre de 1985, víspera del Sínodo Extraordinario de los Obispos, que iría a confirmar el Vaticano II como un “nuevo Pentecostés”.
Esta conferencia fue también publicada en el nº 95 de ROMA (pp. 24-35).
Hay otra manera, no obstante, de conocer la esencia del Secreto de Fátima: por la visión sintética de la historia de los hombres y la relación de ésta con las palabras de N. Sra. de Fátima. Para esto deberemos elevarnos en un vuelo muy largo y alto a fin de abarcar el panorama de toda la historia, desde sus albores hasta su desenlace.
¿Es esto posible? Ciertamente, pues la Revelación divina nos fue dada en el lenguaje de la historia, de la cual conocemos el comienzo y el fin, el Alfa y Omega, del Génesis al Apocalipsis. Esta visión sintética sólo es posible pues, si nos aproximamos de la visión de Dios para Quien mil años son como un día y un día como mil años (2 Ped 3, 8).
Nadíe piense que a gran distancia la visión se pierde, se torna imprecisa y sólo es posible ver el aspecto general de las cosas.

Cada obra debe ser vista conformándose a la mente, a la visión y a los medios usados por su autor. Hasta la pintura adquiere sentido a la dístancia, más que en el análisis de sus tintas. ¿Podrá ser de otro modo para la contemplación del Génesis y de la Encarnación divina?

No sería posible y, del mismo, es imposible que, reconociendo mejor el trazado divino de la Historia podamos perder la visión de sus puntos culminantes y, por lo tanto, del Suceso extraordínario de Fátima.
Volvamos entonces los ojos confiados al comienzo de la historia humana para iniciar nuestra búsqueda de los términos del Secreto de Fátima destinado al siglo xx. Si éste es auténtico, tendremos allí su término inicial. Y, de hecho, en el libro del Génesis, a continuación del trágico comienzo de la historia humana por el pecado de los primeros padres, leemos la promesa anunciada por la Divina Misericordia en la condenación al Tentador rastrero: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje; éste te aplastará la cabeza, y tú le aplastarás el calcañar” (Gén. 3, 15).
Como sabemos por la vidente Lucía de Fátima, el secreto sitúa el momento de la historia en que el demonio está desencadenando la batalla decisiva contra la Señora, evidenciando, por lo tanto, la estrecha relación entre un momento culminante de la historia y Fátima.

Para entender el secreto, hay que entender bien la historia humana leída a esta luz. Pero como la Iglesia, que siempre hizo esa lectura a la luz de las Sagradas Escrituras, hoy está ocupada y en ella resuenan voces extrañas y divergentes, recordemos el modo tradicional para entender el sentido cristiano de la historia, según San Agustín.

La historia universal de dos ciudades

Por la lectura de San Agustín, reconoceremos luego que la historia
humana se desenvuelve bajo la influencia de dos amores antagónicos
que están en el origen de toda acción. “El amor de sí mismo, llevado hasta el desprecio de Dios, formó la ciudad terrena; el amor de Dios, llevado hasta el desprecio de sí mismo, engendró la ciudad celeste”. Esa oposición fundamental que condiciona toda la historia tuvo origen con la rebelión original y, por lo tanto, si quisiéramos dar nombres actuales a esa lucha omnipresente de la historia, deberemos partir de las palabras opuestas: rebelión y devoción a Dios.
Donoso Cortés inicia su admirable “Ensayo sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo” expresando sorpresa sobre la sorpresa del revolucionario Proudhon que confiesa: “Es cosa que admira el ver de qué manera en todas nuestras cuestiones políticas tropezamos siempre con la teología.” Es de hecho inmediato que la Teología, siendo la ciencia de Dios que dio origen a toda ciencia, abarca todas las cosas.
Sigue que toda actividad humana deriva de una actitud para con Dios, de rebelión o de devoción. No hay indiferencia o desamor que no sea fruto de otro amor rebelde y egoísta. Y si esto es una realidad individual, en la sociedad será multiplicado por las generaciones humanas en el tiempo y en el espacio de la vida terrestre y, por lo tanto, de la historia. Las rebeliones de muchos irán a “progresar” y “organizarse” en el mundo, creando una verdadera rebelión institucionalizada que tiene por nombre Revolución. He aquí el proceso global y atávico que se inició por la tentación y caída de Adán y Eva y continuó de modo alternado por los siglos, hasta el momento culminante de la hora presente.
En este proceso, los hombres estaban condenados a la perdición personal como también a la destrucción social por la simple razón de que siendo rebeldes a Dios eran también rebeldes al orden y a la armonía de la naturaleza en que viven. Cuanto más medios conquistasen para someter a la naturaleza, más la destruirían condenando toda la vida en la Tierra. El “progreso” sería, en definitiva, un mecanismo destructor y letal bajo el impulso de la rebelión-revolución. ¿Podría esto estar en los designios de Dios, Amor infinito?
La creación de todos los seres, ángeles y hombres, tiene por fin la multiplicación infinita de alabanza al Ser infinito. La historia humana contaminada con esa contradicción rebelde no podría alterar el fin supremo de la Creación, pero debería servirla en el fin, en la victoria final sobre todo el mal, aún por la gracia renovadora de la vida en Dios. Este misterio divino determina la Historia que tiene por principio y fin a Nuestro Señor Jesucristo. A la que se oponen en vano las fuerzas de rebelión-revolucionaria.
A esta altura, sabemos que las dos ciudades tienen por nombre Cristianismo y Revolución. “Una dice a su Dios: «Pero Tú, Yahvé, eres mi escudo, Tú mi gloria, Tú quien me hace erguir la cabeza» (Sal. 3, 4). La otra yergue la cabeza en el orgullo.” Así enseña San Agustín, que explicará que la única paz está en la tranquilidad del orden que sólo puede provenir de la ciudad de Dios. Al contrario, toda guerra, discordia y revoluciones vienen de la ciudad terrena donde se cultiva la rebelión que se difunde por la triple concupiscencia del poder, de las riquezas y de la carne.
He aquí las matrices de todas las guerras y luchas fratricidas que se multiplicaron desde el comienzo de la historia, pero que, teniendo por origen una misma rebelión contra Dios, son en verdad una única guerra, una sola revolución contra Nuestro Señor Jesucristo. Cuando la complicación de la vida en las sociedades modernas comenzaba a oscurecer esas verdades hasta en la Iglesia de Cristo, he aquí que la Señora aparece a pastorcitos ignorantes de todo, pero que podían entender muy bien que el origen de todos los males está en el pecado, rebelión de los hombres renovada contra Dios.
¿Sabrían los hombres acoger estos avisos, que fueron auenticados por el milagro con el sello divino, buscando refugio en la Ciudad celeste?
¿O estarían tan inmersos en los desvaríos de las impiedades terrestres al punto de ignorarlos? Está claro que en este segundo caso estarían envueltos en una situación extrema, pues por la lógica sabemos que los avisos son proporcionales a los peligros y la señal de Fátima no tiene precedentes en magnitud, desde los tiempos apostólicos.
Estamos en este caso. Las autoridades de la Iglesia no supieron acoger debidamente la gracia de Fátima y el mundo está cada vez más perturbado por la Revolución que va estrangulando a la propia Iglesia.
Por la actual situación histórica, de las dos ciudades se debe reconocer que la ciudad terrestre ocupó y está demoliendo lo que resta de la ciudad celeste sin que se pueda recurrir a autoridad humana alguna para parar esa ruina extrema. Es imprescindible reconocer y testimoniar esa realidad a la luz de la Fe porque para la crisis final fue dado en Fátima el recurso extremo.

La avanzada de la Revolución en la historia

Después de haber visto que todas las guerras y revoluciones de este mundo, que se presentan bajo tantas formas, no son más que una sola Revolución contra Nuestro Señor Jesucristo, podremos entender mejor cómo se presentó en los últimos siglos. En 1517, con la reforma protestante de Lutero, el grito rebelde era: “¡Cristo sí, la Iglesia no!” Con la institución pública de la Masonería, en 1717, la palabra de orden era: “¡Dios sí, Cristo no!” Con la revolución bolchevique de 1917, el grito impío fue: “¡Dios no existe!” Su idea es el opio de los pueblos que por esto debe ser extirpada para siempre.
Todo fue sucediendo en la historia, por etapas, no siempre de fácil interpretación, pero la constante revolucionaria era la antirreligión. Véase, por ejemplo, cómo la revolución francesa, tan anticristiana como iconoclasta, erigía su diosa razón. Véase cómo la Masonería siempre estuvo inmersa en ritos iniciáticos con la idea de un gran arquitecto universal. Véase cómo el comunismo se basa en la lucha de clases para la nueva redención del proletariado, nuevo pueblo elegido para el paraíso socialista.
Pero aquí nos interesa recordar cómo, anticipando cada etapa aguda de la historia de nuestra era reciente, vinieron claros avisos y ayudas celestes para alertar a los hombres y prevenir los grandes colapsos.
Así, el Rey de Francia recibió el pedido de consagración de su reino al Sagrado Corazón, a través de Santa Margarita María, en 1689, cien años antes de la caída de la Bastilla. En el siglo siguiente, como profetizado por San Luis María Grignion de Montfort, sería Nuestra Señora la mensajera de Dios como precursora celeste de tiempos culminantes y finales.
En la Rue du Bac, en París, la Madre de Dios y nuestra, llorando, anunciaba la venida de grandes desgracias para el mundo y para Francia.
Era el 19 de julio de 1830 y a fines del mismo mes, por un golpe de estado, tomaba el poder el rey Luis Felipe que estaba al servicio de fuerzas contrarias a la Iglesia de Cristo. El día 19 de septiembre de 1846, en la montaña de La Salette, Nuestra Señora aparecía, con la cabeza entre las manos, llorando por las desgracias inminentes que caerían sobre los pueblos de la tierra. Era en vísperas de la 1ª Internacional comunista, del manifiesto marxista y de las revoluciones de 1848, que irían a llevar las palabras y las acometidas revolucionarias por Europa y por el mundo. Pero los avisos no fueron recibidos y, en 1858, en la Aparición de Lourdes, el mensaje de La Salette, todavía no era conocido como fuera pedido por la Madre de los hombres.
Finalmente, vino la mayor de esas revoluciones, en Rusia, en 1917. Había sido anticipada el mismo año por las maravillosas Apariciones de Fátima, que culminaron el 13 de octubre con el gran milagro del sol para que todos pudiesen creer.
Esa secuencia extraordinaria fue mejor relatada en el artículo precedente: “El Testamento de Fátima – último recurso” (ROMA.99).  Comienza con la noticia de la reunión de octubre pasado, en Asís, de las “grandes religiones del mundo”, que se desarrollará aquí con la pregunta: ¿Cuál es el punto culminante de la Revolución? Desde el punto de vista de la política terrena, parece que la peor revolución es aquella que arrastra el dominio de fuerzas contrarias al derecho natural, a la identidad cultural, a las libertades fundamentales y a la fidelidad religiosa de los pueblos. Esta parece identificarse con la revolución comunista que está asolando cada vez más al mundo. ¿Será entonces el comunismo, o la revolución religiosa conciliar el punto culminante de la Revolución?

(continua)

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