Pro Roma Mariana

Fátima e a Paixão da Igreja

IIª Parte – EL TERCER SECRETO DE FATIMA Y LA HISTORIA

La Revolución final será la del culto del hombre.

Voltaire; “O homem só será livre quando o último rei for enforcado nas tripas do último padre”!

00000001 (1)Agosto de 1987

Arai Daniele

IIª Parte – EL TERCER SECRETO DE FATIMA Y LA HISTORIA

El hito final de la Revolución

Después de haber visto que el proceso revolucionario pertenece a un ámbito que trasciende lo terreno, que trasciende al propio hombre porque está inspirado en una esfera angélica decaída, luciferina, por ser Satanás el tentador rastrero que indujo a Adán y a Eva al acto revolucionario original; después que tomemos conciencia de esta realidad que parece remota pero está terriblemente presente en cada mente humana, entenderemos que el objetivo final de la sedición diabólica no es la corrupción de la carne, ni tampoco el dominio de los bienes terrenos ni siquiera tampoco el poder sobre las mentes humanas. Estas son metas intermediarias que son conquistadas o cambiadas para ir más allá, al objetivo supremo, a la razón final de todo ser: el Culto a Dios.
Como se vio, cada revolución particular intenta erigir su ídolo y su templo. La diosa razón y el mausoleo de Lenin son tentativas clamorosas de un culto nuevo sólo en apariencia. Estas recurrentes inspiraciones idolátricas son, sin embargo, demasiado desfiguradas, grotescas y frustrantes para satisfacer el odio a Dios de su inspirador secreto.
El objetivo final es, pues, el verdadero culto a Dios en la Iglesia. Quien nos enseñó que ése es el objetivo final de la Revolución fue Nuestro Señor en Su discurso esjatológico: “Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, predicha por el profeta Daniel, instalada en el Lugar santo -el que lee, entiéndalo- . .. ” (Mt. 24, 15).

El profeta Daniel habla del Templo donde cesó el culto del sacrificio y de la oblación ( 9, 27), habla del santuario de la fortaleza donde cesó el sacrificio perpetuo (11, 31). En el Nuevo Testamento, éstas son referencias a la Iglesia, nueva Jerusalén, Lugar Santo, Templo y Santuario de Dios encarnado, Fortaleza de la Fe íntegra y pura. Será en Ella, entonces, que veremos el asedio, la invasión, la abominación de la desolación en los altares y, finalmente, como nos describe San Pablo (II Tes. 2, 4): “el adversario, el que se ensalza sobre todo lo que se llama Dios o sagrado, hasta sentarse él mismo en el templo de Dios, ostentándose como si juera Dios”. He aquí la Revolución realizada en el culto del hombre.
A esta luz, se comprende cuán inútil e ilusorio sería dirigir toda la acción de defensa contra-revolucionaria hacia el comunismo y sus insidias sociales, en cuanto la Revolución avanza subrepticiamente contra su objetivo final en la propia Iglesia de Dios. A esta luz, se comprende también cómo los líderes que desde jóvenes “consideran embelesados las ruinas de la Cristiandad … para hacer su porvenir”, consagrándose a la propia epopeya anticomunista y dando la espalda al vilipendio de la Iglesia del Sacrificio, acaban por entregar su corazón a luchas y cultos sectarios y personales.
Hoy como nunca, el católico que siente con la Iglesia ve que la persecución que flagela a la Madre y Maestra no viene de afuera sino de adentro y los mayores sufrimientos y humillaciones causados al Santo Padre, Vicario de Cristo en la Iglesia de Dios Uno y Trino, no vienen de los declarados enemigos de la Fe Trinitaria sino de quien ocupa físicamente la suprema Cátedra. Esto se vio en Asís, que asombró a la Cristiandad todavía fiel.
El hecho más terrible parecerá paradoja!, no obstante, a aquellos que seducidos por las apariencias y conveniencias olvidaron que todo en la Iglesia, el Papa con sus llaves, la Jerarquía con su autoridad, el Culto con sus ritos, la Ley con su código y todo lo demás, están subordinados a la Fe Trinitaria, sin la cual no hay salvación ni paz.

Esta es, entonces, la verdadera perseguida contra la cual el mundo desencadenó sus guerras y revoluciones, externas a la Iglesia en el pasado, pero, internas, hoy.

El flagelo de la nueva dialéctica litúrgica

Ya al comienzo de este siglo, el Papa San Pío X, combatiendo con gran firmeza el Modernismo, “sumidero de todas las herejías”, mostraba que ese germen revolucionario que infestaba la Ciudadela de la Fe, por dentro, era más peligroso que la insidia declarada que venía de afuera. Hoy está a la vista de todos que la acción auto-destructora de los falsos pastores y amigos internos sobrepujó en mucho la acción destructora del mundo externo.
¿De qué modo se llegó a esto? ¿Con qué medios y a partir de cuándo?
Vistas las defensas doctrinales y disciplinarias erigidas por el Papa Santo a comienzos de este siglo contra el mal revolucionario que se infiltrara peligrosamente en el Catolicismo era necesario para sus partidarios intentar caminos tortuosos que, aunque relacionados íntimamente con la Fe, no demostrasen la presencia de una revolución religiosa global. Está claro que bajo Benedicto XV, sucesor de San Pío X, quien aparentemente mantuvo sus acciones antimodernistas, hablar o escribir contra la doctrina tradicional de la Iglesia hubiera sido comprometedor para cualquier eclesiástico. Declarar, por ejemplo, que toda religión encuentra su origen en Dios y, por lo tanto, es posible rezar y pedir siguiendo cualquier creencia, y cualquier lengua, hubiera sonado muy mal para los católicos conscientes. Ya no causaba, no obstante, la misma impresión escandalosa para europeos entusiastas por el pluralismo y americanismo, la idea de que se pudiese rezar juntos, aun perteneciendo a diferentes religiones.
Como se puede imaginar, se escogió esta manera de hacer y no decir, que se consuma en la acción de un ritual religioso que estando centrado en la oración parecerá siempre cosa buena o, por lo menos, inocente. Bastaría “esclarecer” después, como se hizo en Asís, que estar juntos para orar no significa orar juntos (!).

Es lo que llamaremos aquí una nueva dialéctica litúrgica, un proceso sinuoso de transformación doctrinal, por el cual hasta las insinuaciones de ideologías anticristianas serían tomadas como oraciones de amor a Dios. En una palabra, un movimiento litúrgico para animar una nueva iglesia modernista.

Bajo San Pío X, la renovación litúrgica auténtica fue asegurada por el propio Papa. ¿Cuándo, entonces, comenzó a actuar esa dialéctica reformista? No hay una fecha exacta porque la tendencia venía de lejos, pero hay indicaciones de que bajo Benedicto XV los principales demoledores de la santa liturgia y del gregoriano, como don Lambert Beauduin, volvieron a actuar.

Este benedictino belga publica, en 1914, el trabajo “La piedad litúrgica: principios y hechos”, donde la oración contemplativa cedía lugar a la pastoral litúrgica (didáctica). Las polémicas al respecto fueron sofocadas por la guerra. Sábese, no obstante, que, restablecida la paz, ya en 1919 las nuevas tendencias se manifestaban en las semanas litúrgicas de Rouen, en las jornadas gregorianas de Lourdes y en el congreso de música sacra de Tourcoing, manifestando el comienzo de aquella inversión de los fines litúrgicos y el desmembramiento entre el culto divino y la actividad artística o cultural ligada a la promoción humana.
Aquí es importante recordar que el Angel de la Paz que vino en 1916 a preparar a los Pastorcitos de Fátima para la Aparición de Nuestra Señora, obró con una breve pero esencial acción litúrgica de Fe Trinitaria, ordenada a la adoración contrita y a la penitencia. Si el Cielo daba esta señal, es lícito pensar que ya en aquel momento los hombres estaban próximos a peligrosas corrupciones en la teología
litúrgica.
En el artículo precedente se puso en evidencia de qué modo 1917 representó un año crucial para el Cristianismo, en diversos campos. Pero hablo principalmente de hechos históricos. Debemos recordar la importancia de esa mutación del espíritu litúrgico eclesial, que estando relacionado con la acción central de la Iglesia, el Santo Sacrificio del Hijo de Dios, va a constituirse en la acción revolucionaria más velada, pero más directa.
Siguiendo al orientalista Beauduin, sabremos que en la intención de adaptar la liturgia, no sólo a un nuevo apostolado sino a la “urgente unión de las iglesias”, va a estrechar amistades ilustres, por ejemplo, con Mons. Roncalli, futuro Juan 23, ya sospechoso de modernismo y apartado de su cátedra en el Ateneo de Letrán.

En 1928, don Beauduin estaba tan en la mira que se sintió personalmente atacado por la Encíclica “Mortalium animes” contra el neoecumenismo pancristiano, razón por la que dimitió de sus funciones y se retiró temporariamente de la lucha. Sabía, sin embargo, que sus grandes amigos trabajaban para un “aggiornamento” total.
De este modo, pienso haber indicado uno de los hilos más mortíferos y secretos con que, en 1917, la Iglesia iba siendo enredada para su pasión en los días del nefasto Vaticano 2º. ¿Podría la Madre de Dios dejar de auxiliar a sus hijos dispersos en esa hora terrible? En modo alguno. Para esa laguna litúrgica que se iba agrandando indicó la invencible fuerza del Santo Rosario, de las devociones especiales y, principalmente, de la Comunión reparadora de los cinco primeros sábados como recursos imprescindibles contra la Revolución.
A qué punto llegó esa dialéctica litúrgica para uso revolucionario se vio a la luz del día y por el mundo exterior. Sólo para dar un ejemplo, en Brasil fue promovida por obispos y cardenales, en iglesias y hasta en catedrales, como fue el caso de la “Misa de la Tierra sin males”, concelebrada por el Card. Evaristo Arns en la Diócesis de Sao Paulo.

Lo mismo sucedió en la Sede de Recife con la abominable “Misa de los Quilombos” (2), concelebrada por Helder Camara y comparsas para exaltar la rebelión y “santificación” del esclavo Zumbí, tres siglos atrás.
Mucho peor que esos delirios litúrgicos escandalosos que corrompen a unos pocos, pero asombran a muchos, es la sistemática protestantización de aspecto piadoso y hasta solemne inaugurado con la nueva Misa de Paulo 6º. Esta revolución litúrgica tortuosa va engañando y desviando a pueblos enteros que, con los años, degenerarán su espíritu católico al punto de aplaudir las apariciones de Juan Pablo 2º en los escenarios de Canterbury, del Templo luterano de Roma, de los centros animistas del mundo, de la Sinagoga de Roma y, el año pasado, en Asís, en el connubio de las “grandes religiones” de los hombres.
Como se ve, está en acción una escalada de abominación litúrgica en el Lugar santo, capitaneada, ya no por los robespierres, napoleones y lenines de las revoluciones declaradas del mundo, sino por quien detiene el poder de Vicario de Nuestro Señor Jesucristo, dentro del recinto de Su Iglesia, pero en el culto del hombre que representa la apostasía general, ápice revolucionario descrito por San Pablo a los Tesalonicenses.

La lección práctica del Apocalipsis

Si quisiéramos otra indicación de la Escritura de cuál será el momento más avanzado de la Revolución, léase el capítulo 13 del Apocalipsis, que habla de las bestias, instrumentos del dragón diabólico. La primera bestia, que viene del mar y tiene sobre la cabeza nombres de blasfemia, es la revolución violenta que por su virulencia y caótico desorden es luego herida de muerte. “LA BESTIA DE LA TIERRA.
Y vi otra bestia que subía de [bajo] la tierra. Tenía dos cuernos como un cordero, pero hablaba como dragón. Y la autoridad de la primera bestia la ejercía toda en presencia de ella. E hizo que la tierra y sus
moradores adorasen a la bestia primera, que había sido sanada de su golpe mortal. Obró también grandes prodigios, hasta hacer descender fuego del cielo a la tierra a la vista de los hombres. Y embaucó a los habitantes de la tierra … ” Aquí San Juan está claramente describiendo el segundo aspecto de la misma revolución, ya no de blasfemia y de terror, sino con el poder seductor de un falso amor, de la venida del dragón bajo el aspecto de cordero.
Es la misma lección de Jesús cuando habla del castigo de Jerusalén, que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados (Mt. 23, 37), pero de la que no quedará piedra sobre piedra. Están sintetizadas en ella las constantes principales de la historia de las dos ciudades: la edificación en la tierra del gran templo para el culto de Dios; la reverencia y admiración humana por la obra de su trabajo;
el rechazo, por los grandes del templo, de los profetas y enviados de Dios; el recibimiento en el templo, de los falsos cristos y falsos profetas; la ruina de la Jerusalén que se transformó de ciudad celeste en metrópoli terrestre.
Ante la sorpresa de los discípulos de Jesús por la demolición de tan magníficas piedras, la respuesta de Jesús es una sola: “Jesús les respondió diciendo: «Cuidaos que nadie os engañe. Porque muchos vendrán bajo mi nombre, diciendo: ‘Yo soy el Cristo’, y a muchos engañarán »” (Mt. 24, 4-5). Esto deja claro que la persecución final contra la Iglesia, Jerusalén celeste renovada, revestirá el aspecto de una suprema, inimaginable seducción.
A esta altura, volvamos a lo que vieron los Papas, antes de 1917, para nuestros tiempos. San Pío X vio una situación tan desastrosa que dijo ser lícito pensar que el Anticristo ya estaba entre nosotros (a comienzos del siglo xx). El Papa León XIII, consciente de que la batalla final estaba por iniciarse, ordenó los exorcismos a San Miguel  Arcángel, en los cuales está la frase: “Enemigos muy astutos llenaron de amargura a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado, y la embriagaron con ajenjo; enviaron manos impías sobre todo lo que ella tiene de deseable. Allí donde la sede del bienaventurado Pedro y la Cátedra de la verdad fueron instituidas para luz de las naciones, allí han colocado el trono de abominación de su impiedad; a fin de que, herido el pastor, puedan aniquilar también el rebaño.” Pío IX previó el acontecimiento de un gran portento que será precedido por el triunfo de la Revolución que hará sufrir enormemente a la Iglesia. Su predecesor, Gregorio XVI, en la Encíclica “Mirari Vos” había localizado el momento culmínante de esa Revolución, diciendo: “Porque ciertamente quitado todo freno que retiene a los hombres en la senda de la verdad, y abalanzándose ya su naturaleza hacia el mal, con verdad decimos que está abierto el pozo del abismo del cual vio subir San Juan el humo que oscureció el sol y salir las langostas que invadieron la amplitud de la tierra.” Hablaba del delirio del indiferentismo religioso, del error venenosísimo de la libertad de conciencia para con la religión. Se trata del concepto moderno de libertad religiosa y de derechos humanos sancionado por Paulo 6º, que detenía la llave papal hacia el final del Concilio Vaticano 2º.
La descripción del triunfo de la Revolución en el Apocalipsis comienza así: “Y tocó la trompeta el quinto ángel, y vi una estrella que había caído del cielo a la tierra, y le fue dada la llave del pozo del abismo y abrió el pozo del abismo . . . ” (Ap. 9, 1-2). Sabemos, sin embargo, con certeza moral, que Nuestra Señora se anticipó a ese momento culminante de la rebelión humana, llevada a cabo por una luminaria religiosa que, teniendo el poder de las llaves, abrió a los hombres la libertad del error. La “Mujer fuerte” ya había colocado en el mundo un antídoto a tanto veneno que debía preceder su triunfo.

El secreto del Mensaje de Fátima

Se debe recordar aquí la contraposición esencial con que se debe leer toda la Historia: Cristianismo o Revolución. En cuanto a esta última, se recordó su verdadero objetivo, bien disfrazado por las ilusiones y engaños mundanos: la usurpación del Culto debido a Dios.
En esa línea se mostró que la Ciudadela del Culto, la Fortaleza de la Fe que es la Iglesia del Sacrificio redentor, es la gran barrera contra la Revolución: el misterio de la Fe en la Iglesia militante que detiene desde el principio el misterio de iniquidad. Pero cuando fue quitado de en medio por la revolución litúrgica sobrevino la gran apostasía (II Tes. cap. 2). Entonces se instauró la operación seductora del engaño dirigida por ellnicuo de modo que, quienes no abrazaron el amor de la verdad para ser salvos, creyeron en la mentira.
La parte conocida del Mensaje de Fátima describe las iniquidades del mundo revolucionario, a partir de 1917. La parte todavía desconocida debía extenderse más claramente en la Iglesia, en 1960, en el pontificado de Juan 23, que había convocado el Vaticano 2º. De ahí en adelante, está pendiente el secreto del Mensaje que se prefirió ocultar en el Vaticano. Sin embargo, si bien los términos del Mensaje son secretos todavía, no lo es en cambio la devastación inicua operada en la Iglesia desde entonces, especialmente por el flagelo de una liturgia desacralizada.
De todo esto, quedó claro: la Jerusalén conciliar acogió y pactó con falsos profetas, al mismo tiempo que rechazó la profecía traída por Nuestra Señora de Fátima. La gran apostasía se tornó la realidad menos secreta del mundo actual que no ve más salida para su polución, destrucción, discordias, degradaciones y guerras. Estando eclipsada la fuerza espiritual y moral de la Iglesia, no hay más jueces a quien apelar en esta tierra. La justicia y la paz parecen irreversiblemente comprometidas.
El desenlace final de la historia es único y cierto: la mayor gloria de Dios por el triunfo del Inmaculado Corazón de María, a pesar de la falencia de la Jerarquía, de la deserción del Clero, de la general apostasía. Un portento sólo de María. He aquí el secreto a testimoniar.

(2) Quilombo: afronegrismo que designó en Brasil al refugio silvestre de los negros cimarrones. (N. de R.)

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