Pro Roma Mariana

Fátima e a Paixão da Igreja

EL CARLISMO, LA “LIBERTAD RELIGIOSA” Y DOM MAYER

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  • Artigo e dúvida de Rafael Gambra Ciudad
  • A última vez que me encontrei com o saudoso professor Rafael Gambra, foi a seu convite no apartamento de Alcalá, 73, Madrid 9, no centro histórico da Cidade. Queria perguntar-me muitos pormenores sobre a entrevista de Dom Castro Mayer, que eu havia publicado em parte no «Sì sì no no» em 1984, no tempo do saudosíssimo don Francesco Putti.
  • Dom Mayer e a coroa
  • É claro que do quanto discutimos só resta o que eu lembro e vou relatar aqui sobre o que ele queria saber da atitude de Dom Mayer. Isto depois de publicar, porém, o que o ilustre Professor pensava. Devo dizer, também, que no ano anterior ele estivera na minha conferência sobre Fátima, numa Capela da FSSPX, sempre em Madrid, no fim da qual ele cumprimentando-se comigo, me entreteve sobre um breve vocabulário de poucas palavras espanholas que deveria empregar para ser inteiramente entendido ali, mesmo falando no meu distinto português brasileiro!
  • Duas vezes me convidou para falar de Fátima em Madrid na «Verbo» e eu falhei. Que pessoa nobre paciente e gentil que era.
  • Arai Daniele

*   *   *

«El Carlismo ha defendido siempre la unidad religiosa de España. Más aún: esa unidad es la piedra angular del orden político que el Carlismo propugna. Cuando hace de Dios el primero de sus lemas no significa simplemente que cree en la existencia de Dios en el Cielo o que propone la religiosidad como norma de vida de sus adeptos. El trilema carlista no es un programa de vida personal, sino el ideario de un sistema político. La unidad católica, por lo demás, aunque a veces de forma incongruente con el régimen político, ha estado vigente en España desde tiempos de Recaredo, en el siglo VI, hasta la actual Constitución de 1978, con la sola excepción de los cinco años de la segunda República.

�Qué es la unidad religiosa? Para mejor entendernos, digamos ante todo qué no es la unidad religiosa. No es, contra lo que muchos creen, coacción ni intolerancia. La fe no puede imponerse a nadie, ni moral ni siquiera físicamente, puesto que es una virtud infusa que Dios concede y que incide en lo más íntimo de cada alma. Tampoco debe ejercerse coacción alguna sobre el culto privado de otras religiones, ni sobre su práctica en locales o templos reservados, con tal de que no se exteriorice ni se propague públicamente, ya que en un Estado confesional la difusión de las religiones falsas debe considerarse como más dañina que la propagación de drogas o sustancias nocivas.

Más aún: el sistema tradicional aconseja el prudencialismo político de acuerdo con el cual el gobernante católico en cuyo pueblo estén arraigadas de hecho más de una confesión religiosa, debe basarse en lo que tengan de común esas religiones, y practicar la tolerancia de cultos. No es el caso de España, donde no existe otra religión ni histórica ni ambientalmente establecida más que la católica.

�Qué significa entonces la unidad religiosa que el Carlismo propugna como primero de sus lemas? Simplemente, que la legislación de un país debe estar inspirada por la fe que se profesa a la católica en nuestro caso y que no puede contradecirla; que las costumbres, en cuanto son influidas por la ley y la política del gobernante, debe procurarse que permanezcan católicas. Que la religión, en fin, debe ser objeto de protección por parte de la autoridad civil. Dicho de otro modo: que no se pueden dictar ni proponer leyes que contradigan a la moral católica ante todo el Decálogo, ni que atenten a los derechos y funciones de la Iglesia. Este fundamento religioso (religión es religación con un orden sobrenatural) es radicalmente opuesto al principio constitucional moderno, según el cual el poder procede del hombre, de su voluntad mayoritaria, y nada tiene que ver con Dios ni con el Decálogo, que sólo concierne a la vida privada de quienes profesan esa religión. Recordemos que el origen de nuestras guerras civiles – que siempre tuvieron un trasfondo religioso – los dos gritos que se oponían entre sí eran – Viva la Religión! y – Viva la Constitución!

La confesionalidad del Estado y la conservación de la unidad religiosa allá donde exista son, ante todo, una consecuencia del primer Mandamiento que nos prescribe amar a Dios sobre todas las cosas, y no sólo en nuestro corazón o privadamente, sino también las colectividades que formemos, familiares o políticas. En segundo término, es una necesidad para conservar el bien inmenso de una religiosidad ambiental o popular, de lo que depende en gran medida la salvación de las almas. En algunos momentos cumbre de la historia el Cristianismo se propagó de un modo súbito, cuasi milagroso: en el Imperio Romano en tiempos de los apóstoles, en la rápida cristianización de los pueblos bárbaros a la caída de Roma, en la difusión fulgurante de nuestra fe en la América española. Pero en lo demás la fe requiere ser mantenida con esfuerzo y evitarle peligros, al igual que debemos hacer con nuestra fe personal, y con la salud y el dinero, y cualquier género de bienes, que requieren ser guardados y preservados. Bajo un Estado laico la fe tiene que perderse, porque ese pueblo no merece la fe que ha recibido, y ello está a la vista en nuestra sociedad.

En segundo lugar, tampoco puede subsistir un gobierno estable que no se asiente en lo que Wilhelmsen ha llamado una “ortodoxia pública”. Es decir, un punto de referencia que sirve de fundamento a la autoridad y a la obligatoriedad de las instituciones, las leyes, las sentencias. En rigor, si se establece la libertad religiosa (y el consecuente laicismo de Estado) resulta imposible mandar ni prohibir cosa alguna. ¿n nombre de qué se preservará en una tal sociedad el matrimonio monógamo? Bajo qué título se prohibirá el aborto, la eutanasia y el suicidio? ¿Qué se podrá oponer al nudismo, a la objeción de conciencia, a las drogas o a la promiscuidad de las comunas?

Bastará que el afectado por el mandato o la prohibición apele a una religión cualquiera – incluso individual que autorice tal práctica o la prohiba. ¿Y qué límite podrá poner el Estado a esa libertad religiosa si se la supone basada en “el derecho de la persona”? Quien desee divorciarse o vivir en poligamia no tendrá más que declararse adepto a múltiples religiones orientales, o al Islam, o a los mormones. Quien quiera practicar la eutanasia o inducir al suicidio, podrá declararse sintoísta. El que desee practicar el desnudismo público alegará su adscripción a la religión de los bantús, y los objetores al servicio militar buscarán su apoyo en los Testigos de Jehová. En fin, los que vivan en promiscuidad o se droguen, hallarán un recurso en los antiguos cultos dionisíacos o báquicos. La inviabilidad última de cualquier gobierno humano (que recurre simplemente a la fuerza) se hace así patente. La “libertad religiosa” es, por su misma esencia, la muerte de toda autoridad y gobierno.

Se objetará, sin embargo, que la Declaración Conciliar Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II ha propugnado la libertad religiosa y el consiguiente laicismo de Estado.

¿Qué hemos de pensar de esto los carlistas? A mi juicio, lo siguiente:

1 – El Concilio Vaticano II no es un concilio dogmático sino sólo pastoral, por propia declaración: ¿por lo mismo, exento de infalibilidad?

2. – La libertad religiosa en el fuero externo al individuo contradice la enseñanza de todos los papas anteriores (uno de ellos santo) desde la época de la Revolución Francesa, y particularmente a la encíclica Quanta Cura de Pío IX que reviste las condiciones de la infalibilidad.

3. – La Declaración Conciliar se contradice a sí misma, puesto que afirma al mismo tiempo que deja intacta la doctrina anterior.

4. – Los amargos frutos de esa Declaración son bien patentes en la Iglesia y en la sociedad.

5. – Si esa Declaración hubiera de ser recibida como “palabra de Dios”, al Carlismo no le quedaría más que disolverse, porque ha sido el último y más heroico empecinamiento en la defensa del régimen de Cristiandad.»

*   *   *

Eis o que havia sido publucado na Itália:

«Nel novembre 1983, Mgr Lefebvre e Mons. Castro-Mayer inviarono a Giovanni Paolo II una Lettera aperta con un Manifesto Episcopale: “La situazione della Chiesa, da venti anni, è tale che essa appare come una città occupata. Migliaia di sacerdoti e milioni di fedeli vivono nell’angoscia e nella perplessità a motivo della “autodemolizione della Chiesa” Gli errori contenuti nei documenti del Vaticano II, le riforme postconciliari, e particolarmente la Riforma liturgica, le false concezioni diffuse da documenti ufficiali, gli abusi di potere compiuti dalla gerarchia, li gettano nel turbamento e nel disagio. […] Tacere in queste circostanze significherebbe farsi complici di queste cattive opere (cfr. 2Gv 11) […] È con i sentimenti di S. Paolo di fronte a S. Pietro, allorché gli rimproverava di non seguire la “verità del Vangelo” (Gl 2, 11-14), che noi ci rivolgiamo a Voi”.

Non vi fu risposta se non nei fatti. Cominciava a farsi evidente o il disinteresse per le questioni riguardanti la fede, o allora, il che è molto peggio, la chiara deviazione dalla verità del Vangelo.

L’11/12/83 Giovanni Paolo II predica nel tempio luterano di Roma. Dice che si dovrà ‘rifare il processo a Lutero in modo più oggettivo’, dando così ad intendere che la sentenza di Papa Leone X su questioni di fede sia ingiusta e riformabile. Inoltre riceve regolarmente dal 1984 esponenti della potente massoneria ebraica del B’nai B’rith, con cui ha rapporti di collaborazione. Il 10/5/84, in Tailandia, visita ufficialmente uno dei capi del buddismo e s’inchina davanti al suo trono (come vicario di Cristo). Ancora nel 1984, in una concelebrazione presieduta in Nuova Guinea, una ragazza di un collegio cattolico legge l’epistola a torso nudo.

L’11/6/84, a Roma, si fa rappresentare nella collocazione della prima pietra della futura maggiore moschea in Europa.

Per i due Vescovi il mondo riservò solo animosità e perfino disprezzo. La risposta venne nei fatti. Mi ricordo della lettera di un «ordine cavalleresco» del charlie, che trattava Mons. Mayer da traditore!; escluso come membro onorario, a causa della sua “sfida al Santo Padre”: per difendere la Santa Fede!

Così, in vista delle parole finali del Manifesto, che richiedevano una risposta mai venuta, un anno dopo, nel novembre 1984, son tornato in Brasile per sollecitare Mons. Castro Mayer, a pubblicare un documento conclusivo su quel silenzio di Roma in questioni di Fede. Il fatto è che in quei giorni il Vaticano pubblicava il suo “Indulto” per i fedeli della Santa Messa tradizionale, con la condizione che prendessero le distanze della Fraternità di Mons. Lefebvre. La mossa dell’Indulto per la Messa tradizionale poneva la condizione che gli interessati prendessero le distanze dai dissidenti del Vaticano 2, mentre Giovanni Paolo appoggiava apertamente l’eresia neocatecumenale.

Il 6/11/84, dopo il silenzio che cadde su tutte queste gravissime questioni, Mons. Castro-Mayer in un’intervista al Jornal da Tarde di S. Paolo, dichiarò pubblicamente che il Vaticano II, con la dichiarazione Dignitatis humanae, ha proclamato un’eresia oggettiva per cui: La Chiesa che aderisce formale e totalmente al Vaticano II con le sue eresie, non è né può essere la Chiesa di Gesù Cristo. Quelli che seguono o applicano tale dottrina dimostrano una pertinacia che normalmente configura l’eresia formale. Ancora non li abbiamo accusati categoricamente di tale pertinacia per dirimere la minima possibilità d’ignoranza su questioni così gravi. Ma se può non essere chiara la pertinacia nella forma di un’effettiva offesa alla Fede, questa pertinacia si manifesta nell’omissione di difenderla. – E l’indulto per la Messa tradizionale? Lo considero doloso, poiché pretende di autorizzare, come se fosse illegale, quanto non richiede autorizzazione!

Alcuni seguaci di Mgr Lefebvre, tra cui il Superiore della Fraternità, al contrario, pensarono di trarre vantaggio della mossa vaticana. Si pensi che i priorati della Fraternità hanno ricevuto l’ordine dal Superiore, P. Schimdberger, di raccogliere le firme per ringraziare il Santo Padre per tale indulto (che come si poteva leggere gli escludeva!). Il tragicomico è che questo superiore, una delle teste più fumose di quell’organizzazione, avendo in mano quelle liste è partito da Albano al Vaticano per il ringrazimento ufficiale. Per sua sorpresa, però, secondo lui stesso riferì ritornando ad Albano al P. Ricossa, si senti domandare dal cardinale Ratzinger: ma siete contenti? Poi, col meno diplomatico cardinale Mayer dovettero scambiare pure grossi paroloni in tedesco. L’opera di Mons. Lefebvre fu messa per queste incoerenze in una posizione ridicola già allora.

Non poteva intendere così il preclaro Vescovo brasiliano che in quella occasione concese l’intervista considerata “scioccante” dai suoi «alleati» di Ecône e perciò censurata.

 Mi ricordo bene del viso cupo del Superiore di Buenos Aires, P. Faure, quando lesse, di fronte a noi, quell’intervista col titolo: – La Chiesa di Giovanni Paolo II non è la Chiesa di Cristo -, articolo che occupava tutta una mezza pagina interna di uno dei più importanti giornali del Brasile.

Quando, passato un altro anno Mons. Lefebvre mi ricevete, affermò subito sull’indulto: Oh! C’est une chose du diable!

A quel punto la Fraternità, dopo essersi spaccata in America, con nove preti su dieci usciti, stava per spaccarsi anche il Italia. Personalmente pensavo che ciò poteva essere evitato con una nuova iniziativa, questa volta per ottenere la risposta tranchant dei due vescovi all’occasione del nuovo Sinodo del 1987 a Roma.

Mons. Castro Mayer dal Brasile abozzò una lettera forte a Giovanni Paolo II i cui termini erano da discutere con Mons. Lefebvre per una lettera comune. Ne sono stato portatore nel viaggio che ho fatto in macchina con le mie due figlie in Svizzera. La più grande era nata da quelle parti. Era piena estate e fui molto ben ricevuto in una Econe quasi deserta. Mons. lesse il testo e mi chiese se avevo la possibilità di tornare dopo un paio d’ore. Annuì e portai le ragazze a visitare la vicina Sion. Quando tornai il Prelato aveva la lettera preparata, che mi lesse chiedendo cosa ne pensavo; era quella sul “cattivo pastore”, resa pubblica dopo le diverse confusioni interne che seguirono. Non nascosi che quei termini parevano vaghi e che dopo l’accusa perentoria della libertà religiosa conciliare era il caso di dire una parola finale sull’autorità che la promuoveva. A questo punto Monsignor Lefebvre mi informò, per mia gran sorpresa, che don Tissier de Mallerais preparava un “Dubia” da inviare al Vaticano. Che potevo dire? Dopo tanti anni si accusava la dottrina posta in atto ovunque, le cui eresie, però, ancora richiedevano chiarimenti da parte del Vaticano conciliare, se questo, quando e come, si degnasse a darle.»

*   *   *

O Professor tendo lido a entrevista e sabedor do resto queria saber qual a atitude de Dom Mayer depois disso tudo. Eu respondi o que podia testemunhar, aliás como tantos outros, inclusive o prof. José Pedro Galvão de Souza e depois, em 1988 os Padres e fiéis de Ecône: NO VATICANO ESTÁ UM ANTIPAPA, palavra do Bispo Antonio de Castro Mayer.

Ora, Mgr Lefebvre mo mesmo sentido acusou «OS ANTICRISTOS NO VATICANO» na carta aos padres a consagrar, que logo infelizmente esqueceram e hoje ate censuram quem o lembra. Mas o ilustre Prelado brasileiro não chegou a escrever neste sentido, senão na entrevista completa que enviou ao Sì si no no em 1984. Don Putti, porém, morreu naquele ano e o P. Du Chalard de Taveau da FSSPX, que o sucedeu, arquivou a carta.

Para este silêncio alheio, compreende-se então o que disseram dele seus traidores de Campos, que já estava velho e sem forças. Sim, para enfrentar esse bando de tupiniquins desarvorados prontos para qualquer manobra como «salvadores» da paz em Campos!

Mas o Professor, mente mais séria, queria saber como o Bispo explicava essa posição, que devia valer para toda a Igreja. Foi ai que eu lhe disse que a resposta estava na conclusão do que ele mesmo e tantos outros católicos disseram e escreveram em abundância nestes anos (veja o artigo acima).

  • 5. – Si esa Declaración hubiera de ser recibida como “palabra de Dios”, al (Carlismo) Catolicismo no le quedaría más que disolverse, porque (ha sido el último y más heroico empecinamiento) era y es la defensa (del régimen) de la misma Cristiandad y de la Iglesia.

Nesta situação: ou a declaração (DH) sobre a «’liberdade religiosa» é magistério autêntico, mas para dissolver o Catolicismo e portanto a Igreja; ou então ela só podia vir da mente de anticristos demolidores da Igreja, e portanto para dissolver (como um boomerang) toda possível autoridade dos «Papas» e «consagrados» conciliares que a subscrevem, valendo, para estes, como renúncia tácita na defesa da Fé e portanto, como a mais execrável apostasia da Fé, que vincula a Uma Verdade divinamente revelada.

Conclusão: a igreja conciliar, com a sua nova doutrina, hierarquia e papas promotores do Vaticano 2, é radicalmente incompatível com a Igreja Católica e portanto com o Cristianismo e o Carlismo.

Eis a única resposta possível à dúvida do Professor e amigos Carlistas e Católicos, válida ontem como hoje e para sempre, com o pensamento na Eternidade.

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